4.10.2017


Krakòw (2017)

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
J.L. Borges. El Hacedor. 1960

4.03.2017

9.13.2016

El triángulo de la sinfónica

Antonio Vega comparaba el suave tacto de las teclas de marfil de un piano con la violencia de las cuerdas de acero afilado de una guitarra. Nada más cierto. Uno te acaricia; la otra te corta. Y cuanto más tocas más duele; todo hasta que, con el tiempo, la yema de los dedos forma una tercera, o cuarta, o quinta piel que te protege del constante rozamiento de las seis cuerdas. Pero, de alguna manera, ya no es tu propia piel la que ahora toca las cuerdas; se ha tenido que crear una capa nueva para proteger a la capa primigenia. Con las cuatro cuerdas del bajo la cosa es, creo yo, aún peor. El bajo tiene unas cuerdas más duras, más gruesas y más ásperas, lo cual conlleva indefectiblemente un mayor rozamiento y, consecuentemente, un mayor sufrimiento en las puntas de los dedos. El dolor en las falanges de los dedos pulgar e índice es otro de los regalos envenenados de la sádica guitarra. Su manejo está condicionado a un sinfín de consecuencias que hacen de tu mano un amasijo de dedos doloridos. En las noches de frío, el dolor es aún más punzante, y acostumbrarte a los paseos constantes por el mástil es, si cabe, más difícil.
Pero no es únicamente una cuestión de cuerdas. Durante un momento de la película Whiplash, Miles Teller se enajenaba (o lo enajenaban) de tal manera que dejaba restos de sangre por encima de su instrumento a consecuencia de los violentos golpes que ejercía sobre parches y platos. Saliendo del lenguaje cinematográfico, es común ver las manos de los baterías llenas de ampollas y heridas por las horas de práctica del instrumento.
Los directores de orquesta, con los pies clavados en el suelo y con las brazos volando por los aires, con la batuta bien asida a la mano derecha (esto último, independientemente de la lateralidad del sujeto), también sufren lesiones a la hora de dirigir a su orquesta; dolores en la mano, en el hombro o contracturas cervicales son los mayores riesgos físicos que han de asumir.
La edulcorada imagen de un hada tocando un arpa dorada en medio de un bosque verde rodeada de polvos mágicos no es real, y no solo porque las hadas no existen; tocar un instrumento lleva horas, sudor y a veces sangre. Ya sea percutiendo, rasgando o pulsando, el cuerpo se revela en contra del desgaste. Así, cada vez que usted vea al percusionista de la sinfónica tocando el triángulo piense también en esto que acaba de leer.

9.01.2016

Hespaña es una gran nación

Algunos viejos aún recuerdan, agarrados a sus bastones con las manos nudosas y ásperas, los tiempos en los que la televisión los deleitaba con programas en los que un grupo de mozas y/o mozos se reunían delante (o detrás, según se mire) de una cámara y se dedicaban a hablar de discos, conciertos o bandas; de música, en última instancia.  Parece ser que, en los tiempos de asueto, los españoles se dedicaban a ver este tipo de programas. Hoy en día, estos espacios han desaparecido de la pantalla. La televisión pública, la cual debería salvaguardar la formación cultural de los ciudadanos, y siempre con honrosas excepciones, se ha desentendido de este tipo de espacios, como un mono se desprende de sus piojos. Por otro lado, la industria musical, con sonrojo  y vergüenza, pero todavía con el estómago lleno; aún deben de tener parte de botín de los tiempos de las vacas gordas, se muestran renuentes a publicar el número de discos que es necesario vender para ser merecedor de un disco de oro. Los datos son un clamor. Mientras que en Francia, con un número de habitantes comparable (que no igual) con el de nuestro país, el número de discos que has de vender para que te certifiquen tu trabajo como disco de oro es de 50.000, en España (chanchullos de por medio, claro) este número es de 20.000. No obstante, en general este número ha disminuido en todo el mundo.
Ante este panorama, cuesta mucho imaginarse un país paralizado por un acontecimiento tan mundano como un concierto de rock. Por un partido de fútbol, de baloncesto o por una final olímpica sí, pero por un concierto... difícil. Esto tan raro y extraño, tan fuera de nuestra conocida galaxia, pasó en Canadá, donde con 35,16 millones de habitantes (2013) necesitas vender 40.000 discos para que te otorguen uno de oro. Algo ha de estar pasando cuando la televisión pública canadiense (CBC) deje de emitir los sacrosantos Juegos Olímpicos y los sustituyan por el mencionado concierto, eliminando anuncios comerciales y todo, oiga.
Los culpables de esto son The Tragically Hip, la banda más famosa de Canadá. Activos desde 1983 han publicado, entre otras cosas, trece álbumes de estudio y un disco en directo. Este año Gordon Downie, su cantante, ha hecho público que sufre un cáncer cerebral en fase terminal y que la presente gira sería, por motivos lógicos, su última gira y, probablemente, la última de la banda.
Justin Trudeau, Primer Ministro canadiense, ataviado con una camiseta negra con el logo del grupo y una cazadora tejana, declaraba su amor a la banda. No me imagino, que quieren que les diga, a nuestro Primer Ministro en un concierto de rock ni de pop, ni de jazz ni de nada de nada. No me imagino a Rajoy escuchando nada. No me lo imagino, de hecho, escuchando a nadie.
El 21 de agosto, fecha del concierto en Kingston, Ontario, la policía de Toronto declaraba ese día como el TragicallyHip day. Caramba. Afirmaba Trudeau que la banda representaba "una parte esencial de lo que eran y de lo que les define como país". Así las cosas, qué o quién define a nuestra gran nación y a los (muy y mucho) españoles. Definitivamente, creo que hoy en día la esencia de este país está en otra parte. España será un gran nación pero el respeto de esta a la música es deplorable.

3.05.2015

Grabada en la piel


Alguien podría pensar que, aunque el producto mediante el que consumimos música sea el elepé, el álbum; lo que tiene de suyo la música es la canción. Siguiendo esta idea, ese alguien podría esgrimir que si Led Zepelin IV es recordado al instante es por Stairway to Heaven o que la primera frase que a él le viene a la cabeza al ver la portada del Highway 61 Revisited es el How does it feel... En parte esto es cierto, claro. El objeto de la música es, al menos en un primer momento, la canción.
Hoy en día las nuevas formas de consumo musical han multiplicado este efecto. De hecho puedes perfectamente haber escuchado cien mil veces Like a Rolling Stones sin conocer la portada del disco en el que se incluyó. Estos nuevos medios de consumo permiten hacer listas (que no discos, claro) al instante, sin la necesidad de cintas de casete, sin cedés vírgenes, sin grabar nada, sin gastar nada. Nunca tanto como ahora la canción había cobrado esta importancia. Youtube permite escuchar cientos de versiones en directo de un mismo tema; puedes escucharlo en su época embrionaria, puedes colgar tu propia mezcla del tema e incluso puedes hacer una versión de la canción, grabarla y colgarla para que todo el mundo pueda ampliar su colección de versiones. Los temas adquieren un carácter infinito que complace precisamente por esa infinidad.
Ahora bien, esta supremacía de lo individual hace que el conjunto, el envoltorio, el contexto se desvanezca. El todo jamás es la suma de sus partes y menos la suma de una parte con la nada. El diseño de las portadas, la producción de un disco, el disco como concepto (disco conceptual) y como producto cultural cede su parcela a los cinco minutos que con suerte (esa es otra) dura el tema.
¿Esto es bueno? ¿Es malo? ¿Dejará definitivamente el álbum de ser el producto estrella del mercado musical? ¿Lo ha hecho ya?
Podría pensarse que cuando un/a músico graba un disco lo planifica de la misma forma que un escritor planifica una novela ¿Podríamos entonces pensar en consumir literatura solo con un capítulo del libro? ¿Podríamos consumir cine viendo escenas inconexas de una película? Si aceptamos este paralelismo entre literatura o cine y música, esta supremacía de la unidad nos deja a medias, nos deja sin contexto y sin un contexto no podemos entendernos; sin un contexto, como dijo Kiko Amat, nos convertimos en unos postmodernos, y "cualquier cosa antes de ser postmodernos". Contexto como lenguaje y como forma de comunicación del músico con su potencial público. ¿Tienen las canciones contexto propio? Sin duda. Pero no creo que sea comparable.

8.21.2014

Neil Young. En el ojo del huracán. Por Ignacio Juliá (1993)


Complicada empresa la de retratar a Neil Young. Se antoja difícil ahora y más aún en el año 1993, época en la que Young se encontraba en el fuego cruzado entre varias generaciones, la que parecía condenada a repetirse en un bucle infinito y egocéntrico y la que empezaba a asomar el hocico. Cristalizado en el sanctasanctórum de la música americana, Young presenta tantas aristas (muchas de ellas opuestas entre sí) como miradas reciba, y esta obra y su autor se saben duchos para desarrollar cada una de estas aristas a lo largo de las doscientas treinta y dos páginas que tiene el librillo. 
La obra, que se asimila muy bien, tanto si eres novel como experto en la materia, se presenta ordenada temporalmente, aunque varios flashback y apartaderos hacen de este temporalidad algo ligeramente subjetivo.
Siempre he pensado que una de las tareas más complicadas a las que tiene que un enfrentarse un crítico musical es seguir siendo objetivo incluso con aquellas figuras a las que admira, esto es, seguir siendo coherente con tu profesión incluso cuando las tripas te pidan otra cosa. Y creo que Ignacio Juliá consiguió esto. Aunque se confiesa fan de Neil Young no se ha dejado llevar por la corriente de opinión generalizada alrededor del músico. No en vano, me parece deliciosa la forma que tiene de sopesar la calidad de un álbum tan repudiado como Trans (1982) o de, por otro lado, dudar de la perfección incontestable de álbumes de los que ningún crítico osaría dudar como Harverst (1972).
A mi juicio, uno de los pasajes más bellos del libro es el flaschack nº 3 (capítulo 9) que incluye una carta de un tal Dom Molumby (ver agradecimientos) en la que, apostaría, se recoge la esencia misma de Neil. Si alguien te pregunta porqué te gusta Neil Young podrías leerle esa carta, aunque no fueras su autor/a y ese alguien te entendería.
No obstante, echo de menos un análisis más pormenorizado de aquellos discos que han de suponerse sustentadores del mito; sin ir más lejos, el espacio dedicado al mencioando Harvest es semejante al que se le dedicó a Landing On Water (1986).
Tampoco me gustan ciertos aspectos formales: las fotografías son algo escasas para semejante coloso y en blanco y negro, además la encuadernación es penosa (mi ejemplar es un compendio de hojas sueltas que un día de hace muchos años formaron parte de algo que ahora recuerda a un libro).
En fin, una obra que pide a gritos una reedición, una puesta a punto para poder meter los 20 años que han pasado desde su primera edición hasta hoy.

3.11.2014

Aquel olor a vinazo

Recuerdo con bastante nitidez cómo ocurrió, aunque es probable que omita algunos detalles. Era muy temprano, cerca de las nueve de la mañana. Un hombre alto, desgarbado, con pinta de cualquier cosa rara y con un maletín en la mano picó en mi puerta y se identificó como escritor, o como poeta, o como ambas cosas. Me contó que iba por las casas vendiendo algunos libros que había escrito y que las librerías no podían, o no querían, vender. Le mandé pasar. Cuando nos sentamos, el olor agrio a vino barato inundó toda la cocina y parte del pasillo. Abrió su maletín y aparecieron dos libros, uno en prosa y otro en verso. Ambos ejemplares estaba gastados, como cansados de ir de casa en casa buscando lector. En la contraportada de uno de ellos aparecía la fotografía de la persona que, si no me mintió, una vez fue. El hombre que ahora era, encorbaba su figura como implorando el respeto que nunca supo ganarse. Y la dedicatoria, con el trazo irregular y tembloroso, como el de un niño que no sabe escribir del todo bien, junto a aquel olor a vinazo que aún seguía flotando en el aire, desveló las desdichas y miserias que lo acompañaban junto con los libros y el maletín. Y así, con unas monedas de más en el bolso y con un libro de menos, el supuesto poeta, cruzó de nuevo el umbral de mi puerta con la vista puesta en la de mi ingenuo vecino.

10.21.2013

Jean Paul-Ocho variaciones sobre el futuro


Hace unos días, semanas tal vez, llegó a la bandeja de entrada de mi correo uno de esos mensajes promocionales que, me imagino, recibirán a cientos los grandes medios de comunicación. Muy educadamente se informaba de que Jean Paul acababan de publicar su nuevo disco, que necesitaban un empujón, que si esto, lo otro y lo de más allá. La banda está liderada por Raúl Bernal, teclista de Lapido o de Grupo de Expertos Solynieve. Ya ven ustedes el currículo. El caso es que si alguien se había tomado las molestias de escribir o pegar mi dirección, yo podría, al menos, parar unos minutos y escucharlo. Y ya que lo hice, podría después parar otro par de minutos y ver el clip que, muy majos ellos, también incluían en el correo. Este es:

 
Y ya que había hecho todo eso, podría colgarlo por aquí para que alguien más lo pueda escuchar. Y no lo hago por que me hayan chantajeado con el link de descarga que incluían. Lo hago porque la música de Jean Paul me recordó tanto a un Nacho Vegas mezcladito con Rafa Berrio (viceversa también sirve) que fue imposible resistirse. Por eso y por el vídeo, que no tiene desperdicio.

7.02.2013

Vampyros Lesbos: Sexadelic Dance Party


La gente que durante el franquismo conseguía ver una película de Jesús Franco en España debía hacerlo, como norma, después de que los huesudos dedos de los censores españoles, paradigma de mojigatería cultural, cortasen, recortasen y pegasen a su antojo las escenas que consideraban inadecuadas. No he visto la versión censurada, pero me juego mi exigua carne a que esto que viene a continuación no estaba incluido en ella:



La película (en su versión extendida) se abre con esta escena. La hermosa Soledad Miranda, musa a la sazón de Jess Franco, bailando libidinosamente con un, también hermoso, transunto de maniquí. La melodía con la que las mujeres traveseaban en el suelo es un chorrazo de psicodelia setentera de la mejor calidad imaginable. No en vano, una de las razones del redescubrimiento de esta película residió en su banda sonora. Ojo, no es una coas mía, lo dijo el propio Jesús Franco. En 1995 el sello alemán Crippled Dick Hot Wax! edita Vampyros Lesbos: Sexadelic Dance Party, la banda sonora original de la película (en España el nombre original de la película, Vampyros Lesbos, quedó ridículamente reducido a Las Vampiras; cosas, otra vez, de la censura). 
He leído en algunos sitios que Jess Franco participó en la composición de las canciones, sin embargo los títulos de crédito dan la autoría de la composición y de los arreglos a Manfred Hübler y Siegfried Schwab. Del primero la información es escasa. La base de datos de Discogs sólo recoge su participación en las bandas sonoras de la películas de Franco. Los datos son mucho más abundantes para el segundo. La Wikipedia describe a Schwab como un músico de jazz alemán (ambos son, de hecho, germanos) que ha participado en más de 15.000 (¡!) grabaciones de cine, televisión y para discos de terceros.
El álbum a en sí se desarrolla a su antojo bajo brochazos de infinitos estilos musicales: desde el soul, hasta el funk, el groove, el rock prog y psicodelia a gogó; psicodelia por un tubo (escuchen sino The Message, el "chorrazo de psicodelia" del que hablábamos antes). Es cierto que es difícil unificar todos estos estilos bajo un mismo título y salir airoso de la aventura, pero creo que aquí se ha conseguido. 
Así que, aunque sea un sacrilegio intentar emular a la bella Soledad, pueden intentarlo. Para ello dejo el link de descarga en los comentarios.

5.17.2013

Macilento y despiritado

Después de toda una mañana deambulando por las calles sucias de la ciudad sucia, buscando el pan con el que alimentar el estómago y el alma, enciendes la televisión y ésta te golpea con el semblante emponzoñado del yerno de nuestro monarca. Luego cambias de canal y aparece un banquero, igual de ponzoñoso que el anterior, igual de feo y acartonado. Y mientras tanto el vulgo, macilento y despiritado, sigue vomitando sangre para alimentar a esta piara de cochinos orondos con corbatas, rayas al lado y coches oficiales. 
Y luego recuerdas el último disco de Quique, recuerdas lo bueno que es, te das cuenta de lo injusto que es que él no sea el jefe de nuestro estado de sitio. ¡Y lo buena que es la versión de Dylan! ¿Es tu amor en vano? Is you love in vain?
La música ya no amansa a las alimañas; amansa a los que sufren sus mordiscos. 
Dejen ya de leer esto y escuchen a Dylan y luego a Quique o primero a éste y después a aquél. Y  comprobarán que una de las mejores versiones que jamás se ha hecho de Dylan tiene efectos reparadores.



5.13.2013

L.E. Aute-El niño que miraba el mar


Hay una regla no escrita que dice que la barba envejece los rostros de sus poseedores. Esta situación se acentúa cuando el tiempo blanquea los cabellos. La anterior regla se vuelve excepción en el rostro de L.E. Aute. Durante décadas, su cara aparecía cubierta de vello, y ahora que se lo ha rasurado parece más viejo que antes. Sospecho que, en su caso, las arrugas con las que nos castiga el paso del tiempo quedaron parcialmente escondidas hasta el día en que decidió afeitarse. 
La historia del último disco de Aute también esconde lo dramático del paso del tiempo, del crecer y del envejecer, que, en este caso, no es lo mismo. El disco se fraguó con la superposición de dos fotografías del filipino, en una tenía dos años y en la otra cerca de setenta. Una estaba hecha en Manila en 1945 (con la ciudad hecha trizas después de la Batalla de Filipinas) y la otra en La Habana en 2010. Una hecha por su padre y la otra por su hija. Adoptada como una alegoría perfecta del paso del tiempo, Aute comenzó a crear a partir de ella. De ese crear nació este disco. Y con ese disco, como si de hermanos mellizos se tratara, nació una película de animación de veinte minutos, El niño y el Basilisco, basada en dos canciones del elepé: El niño que miraba el mar y El Basilisco. El álbum se compone de doce temas con una instrumentación casi insinuada y con una voz, quizás, más rota que de costumbre. Otro signo, este último, de lo irremediable del paso del tiempo.




El niño que miraba el mar (Spotify)

4.19.2013

Entre arcas y nostalgias

El número 157 de la RollingStones (ed. española) fue un especial que intentaba, sin conseguirlo, reunir a los 50 mejores grupos del rock español. En el puesto venticuatro estaban Duncan Dhu. El grupo se separó en el 2001 con la publicación de Crepúsculo. Hace apenas trece horas, Erentxun ha comunicado (vía Twitter) que el grupo vuelve, después de 12 añitos.
No se trata de aguarle la fiesta a nadie, sino de analizar la situación. En el especial mencionado arriba, los dos componentes (Erentxun y Vasallo; Viles, el batería, abandonó a finales de los ochenta) parecían convencidos de que el grupo estaba finiquitado y descartaban una posible vuelta. Erentxun afirmaba meridianamente que "el proyecto está acabado". A mí me enseñaron en la escuela que lo que está acabado no se puede desacabar. Pero sigamos con la entrevista. Durante la sesión fotográfica (en la que, eso sí, participaron los dos sin problemas de ningún tipo) seguían erre que erre con lo de que el grupo no iba a volver; Vasallo afirmaba que estaban muy metidos en sus respectivos proyectos y que no apostaba por la vuelta. Sin embargo a renglón seguido el donostiarra pareció poner la tirita antes de cortarse la carne: "otra cosa es —comentaba Vasallo— que te entre un hachazo de nostalgia o que quieras rellenar las arcas, cosa que me parece muy bien". 
¿Tanto han cambiado las cosas desde noviembre del 2012 (fecha en la que la revista llegó a los quioscos)? Siguiendo la reflexión de Vasallo, creo que para la nostalgia ya tenemos los discos. La vuelta a los escenarios de los grupos españoles de los ochenta no suele ser fructífera y la nostalgia no es buena compañera en este tipo de viajes. Aún recuerdo a Nacha Pop intentando reavivar lo que ya llevaba años comido por los gusanos. Queda una segunda opción, que la vuelta sea sólo para hacer caja. Si es por eso, no hay queja. Duncan Dhu tienen derecho a explotar su legado como, cuando y donde quieran. Pero no me negarán que es un gesto un poco... feo.

4.09.2013

De discos promocionales y otros asuntos


Existe la teoría no comprobada (e inventada por mí) de que por cada habitante del planeta Tierra hay tres Discos Sorpresa Fundador. Recapitulemos. La idea no era mala. La casa de coñac Fundador repartía entre sus clientes un disco con la compra del líquido espiritoso. Se solía hacer, según tengo entendido, en Navidad. Esto se prolongó desde los años sesenta hasta los inicios de los setenta. Aún recuerdo estar escuchando el Todo tiene su fin de Módulos en alguno de esos discos que mi padre tenía por casa. Si ven hoy alguno de ellos, probablemente lleven escrito a bolígrafo el nombre del grupo, solista y/o la canción. Piénsese que al ser una sorpresa no era lógico que llevasen el nombre del grupo en la portada. Así, que si tenías dos decenas de estos discos, encontrar el que querías era un cirio importante. De ahí que muchos poseedores de estos singles, una vez asimilada la sopresa, intentasen poner un poco de orden en ese caos rotulando las portadas con el nombre de la canción o del grupo.
Pasados los setenta, los ochenta, los noventa y la primera década del siglo XXI, los restos de aquella promoción siguen repartidos por todos los rincones del país. No hay tienda de segunda mano, tienda especializada o mercadillo popular que no cuente en su haber con estos fetiches, productos de una época en la que tener discos era, literalmente, un lujo en este país. Es por eso por lo que la idea no era mala. Pero la realidad es que, hoy en día, una de las cosas más desesperantes del mundo es acercarte tímidamente a una de esas sufridas cubetas de "a un euro" empezar a pasar un single tras otro y comprobar con gesto displicente que te has esforzado en vano, y que todo lo que has visto es el siete pulgadas de Albano y Romina del Felicidad, singles de Pajares y Esteso, el dichoso Mama de Jean Jacques (canción que representó a Mónaco en 1969; año del segundo y último triunfo español en el festival) y 87 de estos discos promocionales de turno.


Hagan la prueba y acérquense a uno de estos establecimientos. Prometo que si no encuentran ninguno de estos discos promocionales, yo les regalo cinco. O diez.

3.11.2013

Phantom Dog-Suicide Mind (single 7")

Ya saben cómo funciona. No nos vamos a extender demasiado. Sólo un mero resumen: cuando hay abundancia de algo, el precio de ese algo es bajo y el interés del consumidor decae. Por el contrario si el material es escaso el precio sube, el interés del consumidor aumenta, el precio vuelve a subir y etc, etc. Esto que aparece debajo se corresponde con la primera parte del resumen: abundancia, precio bajo y desinterés.


Se encuentra en muchas tiendas de lance. El precio casi siempre es el mismo: un euro. Y algún espabiladillo lo puede intentar pone a uno y medio. Algún tonto a dos. Tantos años viendo esa insulsa y desabrida portada y nunca me paré ni un segundo a echarle un vistazo, probablemente por lo que hablábamos al principio: cómo va a ser esto bueno si está por todos sitios y además tirado de precio. Y así durante mucho tiempo hasta la semana pasada. Para mi sorpresa era Elefant Records quien estaba detrás del asunto. Para los neófitos: Elefant Records es el principal sello en lo que a música independiente en nuestro país se refiere. Ellos son los responsables de los trabajos de Cooper, La Bien Querida, La Casa Azul o de los postreros lanzamientos de Vainica Doble. El grupo parecía llamarse Phantom Dog. La portada del single era tremendamente fea, cosa que me extrañó porque normalmente las portadas del sello suelen ser buenas. En los agradecimientos aparecía Julio Ruiz, director y presentador de Disco Grande (RNE). Por cierto, según la web de Elefant, la primera maqueta del grupo fue elegida como la mejor del año 1993 por los oyentes del programa.
Lo compré, claro. Al escuchar el single uno se da cuenta de que el invento ya estaba inventado, pero era bonito. En la cara A incluye Suicide Mind, un temazo pop tipiquísimo de principios de los noventa de nuestra vieja e infiel Europa. En su cara B inmortalizaron Out of Seasson, un tema más experimental que su reverso, menos indie si me permiten el pecado, con sonidos más pesados y bases rítmicas más densas. En fin, aquí están las dos canciones para gusto y regusto de quien lo desee:

1.24.2013

Rodrigo-Laura/Déjame deshacerte la cama (single 7")


En 1980, Movieplay (discográfica que luego pasaría a ser Fonomusic y que finalmente acabaría absorbida por Warner) editaba el segundo trabajo en solitario de Rodrigo (el ex de Solera y la R de C.R.A.G.). El disco pasó inadvertido para el público general, pero la crítica resaltó la alta calidad vocal e instrumental del asunto. Como single se extrajo Laura, el tema que abría el disco y como cara B, Déjame deshacerte la cama, el tema que lo cerraba. Ambos son arquetipos del pop de altos vuelos que acostumbra(ba) a hacer Rodrigo en todos sus proyectos.
El primero es una confesión de amor platónico en el que los estilismos literarios  (Sutil, salada y sibilina seda) hacen de excelso andamiaje.


La cara B es un tema más prosaico, más mundano, pero vestido con la misma calidad instrumental que caracterizó el disco del que se extrajo.