8.21.2014

Neil Young. En el ojo del huracán. Por Ignacio Juliá (1993)


Complicada empresa la de retratar a Neil Young. Se antoja difícil ahora y más aún en el año 1993, época en la que Young se encontraba en el fuego cruzado entre varias generaciones, la que parecía condenada a repetirse en un bucle infinito y egocéntrico y la que empezaba a asomar el hocico. Cristalizado en el sanctasanctórum de la música americana, Young presenta tantas aristas (muchas de ellas opuestas entre sí) como miradas reciba, y esta obra y su autor se saben duchos para desarrollar cada una de estas aristas a lo largo de las doscientas treinta y dos páginas que tiene el librillo. 
La obra, que se asimila muy bien, tanto si eres novel como experto en la materia, se presenta ordenada temporalmente, aunque varios flashback y apartaderos hacen de este temporalidad algo ligeramente subjetivo.
Siempre he pensado que una de las tareas más complicadas a las que tiene que un enfrentarse un crítico musical es seguir siendo objetivo incluso con aquellas figuras a las que admira, esto es, seguir siendo coherente con tu profesión incluso cuando las tripas te pidan otra cosa. Y creo que Ignacio Juliá consiguió esto. Aunque se confiesa fan de Neil Young no se ha dejado llevar por la corriente de opinión generalizada alrededor del músico. No en vano, me parece deliciosa la forma que tiene de sopesar la calidad de un álbum tan repudiado como Trans (1982) o de, por otro lado, dudar de la perfección incontestable de álbumes de los que ningún crítico osaría dudar como Harverst (1972).
A mi juicio, uno de los pasajes más bellos del libro es el flaschack nº 3 (capítulo 9) que incluye una carta de un tal Dom Molumby (ver agradecimientos) en la que, apostaría, se recoge la esencia misma de Neil. Si alguien te pregunta porqué te gusta Neil Young podrías leerle esa carta, aunque no fueras su autor/a y ese alguien te entendería.
No obstante, echo de menos un análisis más pormenorizado de aquellos discos que han de suponerse sustentadores del mito; sin ir más lejos, el espacio dedicado al mencioando Harvest es semejante al que se le dedicó a Landing On Water (1986).
Tampoco me gustan ciertos aspectos formales: las fotografías son algo escasas para semejante coloso y en blanco y negro, además la encuadernación es penosa (mi ejemplar es un compendio de hojas sueltas que un día de hace muchos años formaron parte de algo que ahora recuerda a un libro).
En fin, una obra que pide a gritos una reedición, una puesta a punto para poder meter los 20 años que han pasado desde su primera edición hasta hoy.

3.11.2014

Aquel olor a vinazo

Recuerdo con bastante nitidez cómo ocurrió, aunque es probable que omita algunos detalles. Era muy temprano, cerca de las nueve de la mañana. Un hombre alto, desgarbado, con pinta de cualquier cosa rara y con un maletín en la mano picó en mi puerta y se identificó como escritor, o como poeta, o como ambas cosas. Me contó que iba por las casas vendiendo algunos libros que había escrito y que las librerías no podían, o no querían, vender. Le mandé pasar. Cuando nos sentamos, el olor agrio a vino barato inundó toda la cocina y parte del pasillo. Abrió su maletín y aparecieron dos libros, uno en prosa y otro en verso. Ambos ejemplares estaba gastados, como cansados de ir de casa en casa buscando lector. En la contraportada de uno de ellos aparecía la fotografía de la persona que, si no me mintió, una vez fue. El hombre que ahora era, encorbaba su figura como implorando el respeto que nunca supo ganarse. Y la dedicatoria, con el trazo irregular y tembloroso, como el de un niño que no sabe escribir del todo bien, junto a aquel olor a vinazo que aún seguía flotando en el aire, desveló las desdichas y miserias que lo acompañaban junto con los libros y el maletín. Y así, con unas monedas de más en el bolso y con un libro de menos, el supuesto poeta, cruzó de nuevo el umbral de mi puerta con la vista puesta en la de mi ingenuo vecino.